Entre el odio y el amor...

Categoría: Tagu
Fecha: 20/01/2012 11:54:01
Visitas: 3910

Aplicaciones

Goodgame Big Farm

Administra tu propia granja

Goodgame Empire

Construye tu propio imperio

Lucila había tenido una vida difícil, pero los últimos años habían sido los peores de su vida. Cuando tenía 8 años sus padres habían muerto en un accidente. Desde ese momento, ella había quedado a cargo de su abuela y su tía. Su abuela era una persona dulce, sensible, una mujer humilde, trabajadora. Quería mucho a su nieta y le daba todo cuanto podría. Sobre todo amor, cariño y comprensión que era lo que a la niña le faltaba, al faltarle sus padres. La tía en cambio era una persona con una gran amargura, egoísta, malhumorada, rígida. Ella tenía una historia larga, plagada de infelicidades, desamores y desencantos. Se había enamorado del hombre equivocado, el padre de Lucila, pero el tuvo el mal tino de fijarse en su hermana menor y enamorarse de ella. Esa era una de las razones por la que convertía a la niña en el blanco de descarga de todo su odio y frustración. Lucila era el símbolo viviente del amor de sus padres. Y por lo tanto el eterno recordatorio de su infelicidad. No podía soportar su presencia, trataba de ignorarla, pero no podía contenerse. Cuando su madre no estaba en casa, maltrataba a la chica física y verbalmente, la humillaba, la denigraba. Lucila era muy parecida a su madre, y soportaba todo con estoicismo, con la convicción de que ya vendrían tiempos mejores. Su abuela trataba de evitar esas situaciones reprendiendo a su hija. Trataba de hacerle entender infructuosamente que la nena nada tenía que ver con lo que pasó o no pasó con su padre. No era su culpa. En realidad, el amor no correspondido no era culpa de nadie. Ni siquiera del padre de Lucila. "Eso es obra de la fatalidad", le decía, "Cosas del destino, cosas de la vida, de las que nadie es responsable, ni culpable. Sólo pasan y debés reponerte, dejar de odiarlo a él y a ella." "Tenés que olvidarlo. Ya pasaron muchos años y él esta muerto. Buscar la manera de ser feliz, con alguien que te corresponda. Si lo buscás seguramente lo vas a encontrar. Sos una mujer linda, inteligente, joven. ¿Qué te impide rehacer tu vida?." Pero los consejos de su madre sólo lograban enfurecerla más y más. Y le hacían ver en su madre también una enemiga. Los años pasaron y ella nunca rehizo su vida. Lo intentó, pero estaba tan amargada y resentida que los hombres la rehuían. Cuando la abuela murió, todo cambió drásticamente en la vida de Lucila. Ya no tenía quien la defendiera de su tía, ahora estaba sola con ella en su casa. Y con el apoyo externo de Federico, su amigo de la infancia que, con el transcurso de los años, se había convertido en algo más. Se veían a escondidas, porque su tía, naturalmente, no aprobaba la relación. Ella odiaba a Federico y hacía lo imposible para que Lucila lo odiara. Y cuanto más lo intentaba, ella más lo amaba. Él era su contenedor, la valoraba, la consolaba en los malos días. La amaba y ella lo amaba a él. Eran el uno para el otro y la tía lo sabía, por eso se interponía en su camino. Él era lo único que tenia en este mundo. Era lo que ella necesitaba, representaba el amor que la vida le había negado primero al morir sus padres y luego al morir su abuela. Un día la tía llamó a Lucila, y le dijo que tenía que hablar con ella. Estaba feliz, exultante, desconocida. Esto llamó mucho su atención. Mientras se sentaba a la mesa de la cocina, donde iba a tener lugar la conversación, Lucila la vió tan bien, tan lejana a lo que era normalmente, tan desconocida, que pensó que tal vez su tía iba a comunicarle que había encontrado el amor. Su tía aclaro su garganta, y le dijo "Lucila ya tenés 19 años. No sos una niña, sos una joven. Ayer el farmacéutico me mando a decir que tenía que hablar conmigo con urgencia. Por eso hoy fui a verlo. Estuvimos hablando mucho, es un hombre culto, que esta en muy buena posición, muy agradable. Él me dijo que te quiere y mucho, y me pidió tu mano. Ya se hicieron todos los arreglos. En dos meses van a casarse." "No te preocupes, él se encarga de organizar todo. Tiene el dinero y los medios para hacerlo. Vos de lo único que te tenés que preocupar es de ser una buena esposa y complacerlo en todo." Lucila no salía de su asombro, estaba atónita, petrificada. Tenia la boca seca y no podía articular palabra. Su corazón latía como nunca había latido. "Pero tía", dijo, "Yo no lo conozco, no lo quiero, es un hombre muy mayor." ¡Que lejos estaba la pobre de convencer a su tía con esos argumentos! "Eso no importa Lucila, ya todo esta arreglado. No puede volverse atrás. ¿No lo entendés? Te casás y punto, esta es la vida real." "¡Pero yo amo a Federico!", le dijo Lucila. "A mi eso no me importa", le contestó. "Federico es pobre, no puede mantenerte y jamás podrá. El amor no pone comida en la mesa, el amor no te viste, ni paga las cuentas. El amor no sirve para nada, sólo confunde a las personas y las hace tomar decisiones estúpidas. Y eso no va a pasarte, para eso estoy yo, para guiarte y aconsejarte." "No tía, yo no voy a casarme con él. No lo quiero, y podría ser mi padre, o mi abuelo." "Lucila, yo te cuidé y te mantuve durante todos estos años, te dí casa y comida. Tenés que casarte con él, me lo debés. Tenés que asegurar mi vejez. ¿De qué voy a vivir? Por cuidarte perdí muchas oportunidades en mi vida, estás en deuda conmigo." No había salida, ni escapatoria. No le dijo nada a Federico, no podía decírselo, sólo dejó de verlo. Ella lo conocía, él le pediría que se escaparan, que dejara plantada a su tía y sus malévolos planes. Pero ella no podía y mucho menos debía hacerlo. Lo que su tía le había dicho tocó sus fibras más intimas. Ella tenía razón, era la que se había hecho cargo cuando murieron sus padres. Debía pagar su deuda. Lucila hizo lo que debía hacer, con toda la dignidad del mundo cumplió con su deber y pagó la deuda que tenía con su tía, casándose con quien no amaba. Ese mismo día Federico se fue del pueblo. El farmacéutico era un buen hombre, cariñoso. Ella fue su compañía en sus últimos años, siempre lo respetó y lo cuidó cumpliendo a rajatabla su deber de esposa. Cuando su marido murió Lucila volvió a sentirse sola, y sintió la necesidad de buscar a Federico. Ella ya era libre, nadie podía interponerse entre ellos. La pregunta era si él aún seguía queriéndola, si ella no lo había herido demasiado, como para que él ahora la odiara. Debía explicarle lo que había pasado, el porque de su conducta. Y así fue como Lucila comenzó su búsqueda desesperada con la sola esperanza de que él la entendiera. Lo buscó e hizo buscarlo por cielo y tierra. Le tomó varios meses encontrarlo. Cuando por fin lo hizo, no hubo reclamos, ni preguntas de parte de Federico. Él la había esperado todos esos años, teniendo la certeza de que ella algún día sería suya, porque ese era su destino.






Comentarios / Consultas